Doña Toña,  la comadrona del barrio Saliente de Jayuya

Por: Wilmarie Domínguez Aponte

 

Nos transportaremos a un viaje emotivo para conocer el trabajo de una de las comadronas de nuestro Puerto Rico. Esta es la historia de Doña Josefina (Fina) Oliveras Colón una mujer, madre y esposa emprendedora que a la corta edad de 25 años tuvo nueve hijos. Cuatro varones y cinco mujeres que al sol de hoy han dado buenos frutos a nuestra sociedad, aportando  valores y demostrando la buena educación que recibieron.  Doña Josefina Oliveras Colón vivía en el barrio Saliente del pueblo de Jayuya,  un lugar de familia  y de amistad ya que todo se compartía, no existían diferencias sociales, y si la hubiera por más mínima que fuera era atendida con cautela, determinación y al fin todo se solucionaba. En este barrio vivía una comadrona llamada Doña Antonia García. 

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Doña Josefina Oliveras

Para los hijos de Doña Josefina, la comadrona Toña fue su ángel guardián, pues fue ella la que vio llegar a los nueve hijos de Fina. Era emprendedora, dedicada y afanosa. La comadrona Toña era una mujer de tez blanca, ojos marrones y de altura promedio. Vestía ropa común y corriente y a la hora de un parto usaba un delantal. Esto lo relató Doña Fina que al contarme estos detalles se veía en su cara una alegría, entusiasmo y deseo de transportarse a aquellos tiempos tan maravillosos. La señora  Toña no estaba certificada por el gobierno, pero sí garantizada por los residentes del Barrio Saliente. Traía consigo a la hora del parto un bulto blanco donde cargaba lo siguiente: paño, delantal, ungüentos (aceite) para masajear el vientre, cuchillos por si tenían que abrir un poco el área vaginal para que el bebé saliera con más facilidad la criatura), alcohol, yodo para las infecciones y agua de azahar. Doña Fina me comentó que el parto de su primera hija lo atendió Doña Toña. Era una niña llorona pero  fue la  favorita de la comadrona. Posteriormente en 1952, atendió el parto de  Miguel Ángel. De hecho, fue el último atendido por Doña Toña.

Cuando doña Fina y su esposo llegaron al Barrio Saliente ya estaba embarazada y sus vecinos la recibieron llevándole gallinas, cerdos, etc. Al darse cuenta que estaba embarazada le preguntaron:  “¡Doña Fina!, ¿Para cuando más o menos nace su hijo? Ella contestó: “ ¡ Para el siguiente mes!” Enseguida le contestaron: “Pues no se preocupe, aquí tenemos la mejor comadrona de todo Jayuya.”

La comadrona fue conociendo a Doña Fina y la trayectoria de su embarazo. Por ello no fue necesario ir a hospital, ya que estaba certificada por todas las personas del barrio. Antes de parir y luego de parir la señora Josefina no visitó médico alguno. La comadrona le aconsejaba lo que tenía que hacer durante el embarazo y luego del embarazo, la comadrona le daba seguimiento. Durante el embarazo la señora Josefina realizaba todas las tareas del hogar incluso ayudaba en alguna u otra cosita de la reparación de su nuevo hogar. Gracias a Dios no ocurrió ninguna tragedia durante ese embarazo y no hubo ninguna necesidad de tomar algún medicamento durante el embarazo y luego del parto. Josefina perdió un bebé y años más tarde perdió una niña de seis años de edad en un accidente automovilístico. Para los partos el señor Adrián, salía a buscar la comadrona. Esta comadrona llegaba a caballo, pues en este caso, la residencia de la señora Josefina quedaba en una colina y le era muy difícil llegar. En ese tiempo los caminos eran en tierra y el jeep que tenían le era muy difícil subir.

El proceso de parto era muy extraño y curioso, pues acostaban a la madre en la orilla de la cama, sus piernas quedaban colgando hacia el suelo y su torso acostado en la cama. Colocaban una silla frente al cuerpo de la madre para esperar que coronara. Le colocaban un saco debajo de su cuerpo para que no ensuciase la cama. En este transcurso le masajeaban el vientre y lo hundían de arriba y lo meneaban de lado a lado. Le lavaban el área con agua y jabón. Tenía dos palanganas o baldes, una para la comadrona lavarse las manos y otra para lavar el área de la mujer. Tenía tres toallas una para secarse las manos y otra para enrollar al bebé  cuando naciera. Luego que salía el bebé lo colocaban boca abajo y de ladito por si venía algún vómito que no se ahogara y lo secaban poco a poco para luego bañarlo. Inmeditamente le cortaban el cordón umbilical primero, luego le daban palmaditas en las “nalguitas” para que llorara y respirara por sí mismo. Luego secaban al bebé. lo envolvían y se lo daban a su madre para que lo conociera y finalmente llamaban a su padre y  los familiares.

 La comadrona le aconsejaba no comer cerdo, pero esto era un poco difícil, ya que esa era la comida diaria. Luego que nacía el bebé  a la madre le daban un caldito de pollo para reponerse de tan gran esfuerzo. El caldo era como un suero preparado por sus vecinos. Doña Fina cuenta que al momento de ella empezar a dar a luz, ya la vecina estaba colocando el caldero para prepararle el caldito de pollo.

Luego del parto ella permanecía cuarenta días sin coger aire, con las ventanas cerradas. ¡Qué cosa tan increíble! Eso era para que ella no se afectara con ninguna enfermedad que transportara el aire. Cuando la comadrona terminaba, le pagaban cuatro dólares y le regalaban una gallinita o un cerdito. Luego del parto, la comadrona regresaba tres días después  para verificar el estado del bebé y la madre, y así sucesivamente hasta que el bebé estaba durito.

Los niños de doña Fina tenían la dicha de tener a su madre día y noche, ya que  ella no trabajaba fuera del hogar, pero sí trabajaba en el hogar atendiendo a su familia y realizando los quehaceres diarios

En cada barrio se conocía una comadrona. Ejemplo de ello fue Doña Toña García del barrio Saliente de Jayuya. Fue una comadrona como muchas otras: valiente, ingeniosa, buen ser humano que le pagaran o no siempre ayudó a muchas familias. Las mujeres son ejemplos de éxito y superación. Hay que ponerse a pensar cuántos niños y niñas han nacido en Puerto Rico con comadronas. Esas personas deben tener muchas historias que no se han escrito. Este tema es una maravilla, a la vez que empecé no quería parar. Gracias a la Doctora Sandra Enríquez, por brindarme la oportunidad de recoger esta historia oral.

Anécdotas que me contó mi entrevistada:
1- Al ombligo del bebé se le echaba ceniza para que se le secara más rápido, cuando se caía lo guardaban, porque ellas pensaban que ese ombligo podía curar alguna enfermedad que tuviera consigo el niño (a).

2- A la madre no se le podía dar jugo de china, ni nada que tuviera ácido, pues ellos decían que al darle jugo de china le podía dar un derrame.

3- No se le podía dar comida fuerte, porque ellos creían que al evacuar se podía derramar en sangre.

4- El cuchillo de cortar el ombligo, se limpiaba bien, se pasaba por la candela para esterilizarlo, pues con esto se eliminaban las bacterias.

5- Para apuntar el niño en el Registro Demográfico, la madre esperaba que pasara alguna persona que fuese al pueblo y le comunicaba lo siguiente: “ ¿ Compay, usted va para el pueblo?” Si la persona le contestaba que sí, ella decía: “¡Pues espere un momentito!”  La madre del niño cogía un papel de estraza y escribía con un pedazo de carbón el nombre del niño. Si la persona perdía el papel, y José era  el nombre que le iba a poner al niño y no lo recordaba, le ponía otro nombre, por ejemplo, Juan.  En el Registro Demográfico,  le preguntaban: “¿Cuándo nació el muchachito?”, si fue el 19 de agosto, él le decía,  23 de agosto. 

6- Cuando la mujer paría, si era de día miraban el sol y por eso sabían la hora en que nació.

7- Depende el día de la semana le colocaban el nombre a los niños mayormente. Ejemplo: Si era martes, le colocaban al niño Martín o María, si era Jueves, Juana  y así sucesivamente o en memoria de algún santo.

8- A los siete días de nacer el niño el sacerdote o cura iba al hogar  del recién nacido a bautizarlo. Pues si moría el niño (a) era mejor que estuviese bautizado y no fuera al limbo.

9- La mujer que paría era la que tejía la ropa del bebé. Anteriormente se utilizaba un coy o  hamaca para la cuna del bebé.

10-  Doña Fina colocaba el ombligo en un libro para que el niño saliera inteligente.

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