Los retoños de Rosa

Por: Mireillie Montalvo Martínez

Tomé mi tiempo para entrevistar a Carmen Rosa Pagán Vázquez, residente de Roncador, Utuado. Nació en 1942, se casó a los 15 años, y tuvo su primero hijo un año después. Su comadrona era mejor conocida como Bartola. Se sabia de ella por su oficio no solo en Caguana, sino en Roncador, ya que donde Carmen vivía colindaba entre ambos barrios.

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Ella tuvo 7 hijos, de los cuales 5 fueron en su casa con una comadrona, los otros dos nacieron en el hospital. La comadrona era certificada. Cuando ella venía a atender sus partos, ella traía un bulto con instrumentos, como una doctora a domicilio. En esos 5 partos ella no iba al hospital a atender su condición, sin embargo me contaba que de vez en cuando iba al doctor para revisar como estaba el bebé. Durante sus embarazos ella comía bien, no tomaba ni fumaba, y en sus visitas al doctor le daban un frasco de pastillas. A pesar de no acordarse del nombre de las pastillas, pero mencionó que “eran como unas vitaminas”; es muy probable que fuera ácido fólico. Me cuenta que Bartola era muy diestra en su oficio, ella acostaba a Carmen Rosa, y con pasar sus manos por la panza podía saber si el bebé estaba en su posición debida, dependiendo del tiempo que tuviera. Carmen Rosa trabajaba en una finca, aún en sus días de embarazo, pero era muy cuidadosa de no caerse o de esforzarse mucho, y después de parir ella no descansaba por mucho tiempo; volvía a trabajar ese mismo día si el sol aún estaba en el cielo. Momentos después de las primeras contracciones del parto, ella tomaba guarapillos para mantener sus energías durante todo el transcurso. Su esposo llamaba a la comadrona, y la iba a buscar en su carro; resultaba que Bartola vivía en las alturas de Caguana, pero en aquel entonces las casas estaban más apartadas unas de otras. Bartola siempre venía preparada con sus utensilios y medicinas para cualquier tipo de emergencia en el momento del parto. Bartola le alzaba las piernas y las abría, y le ordenaba a Carmen Rosa a ‘pujar’, entonces le preguntaba si sentía dolor. Si no sentía dolor le aplicaba paños de agua caliente en la parte baja de la panza para continuar el dolor de las contracciones. Cuando ya le sacaba el niño de la madre, la comadrona tomaba el cordón umbilical del bebé, lo amarraba y lo envolvía en una mallita y lo mojaba con un líquido que ella llama ‘romero’. Según como me lo describía, era como si en vez de cortar el cordón como hoy día se hace, se halaba hasta que con varias reacciones químicas se despegaba. Luego había que bañar bien el niño pero evitar que entrara líquido por su orificio para evitar infecciones; esa área se lavaba con un paño. Luego lo envolvían en una cobija seca y se le entregaba a la madre. Después del parto Carmen Rosa volvía a trabajar en su finca a los tres días. A la madre se le daba una sopa o arroz con habichuelas, garbanzos, etc. Se le pagaba a Bartola con dinero; lo más que le podían dar era $25.00. La comadrona volvía más o menos a ese tiempo para revisar cómo estaba el niño, si tenía algún defecto físico o de órganos vitales.

Percibí a Carmen como una mujer muy atenta y, para mi sorpresa, recordaba mucho de su época. Le pregunté por qué se casó a tan temprana edad y me explicó que: "era para tener niños para bregar en la finca". También me contó que era más difícil velar por ellos, porque en aquella época no tenían pañales, ella misma tenía que ponerles una tela y lavarla a mano después, los tendía a secar y se los volvía a poner. Al haber falta de televisión, teléfono entre otros artefactos, había más unión familiar. Me hablaba de su comadrona Bartola con mucho respeto y admiración. Al yo preguntarle sobre sus partos y los procedimientos de la comadrona, Carmen Rosa hacía comparaciones del pasado y el presente. Tengo una muy buena impresión de Bartola; debió haber sido muy destacada en su profesión.

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