Parí con una comadrona, historia de “Doña Catín”

Por: José A. Negrón Vázquez

Catalina Santiago Guzmán nació el 16 de julio de 1944. Sus padres fueron don Francisco Santiago  y doña Santa Guzmán. Cursó sus primeros años de estudio en la escuela del barrio Don Alonso de Utuado hasta el cuarto grado.  Tuvo trece hijos. De estos, cuatro los perdió por abortos espontáneos, uno murió  al cumplir cinco meses y el segundo lo tuvo asistida por Doña María, la comadrona del barrio.

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Catín cuenta que la comadrona no tenía ningún tipo de preparación profesional, pero su experiencia asistiendo partos era mayor que la de muchos médicos o enfermeras. Los materiales que llevaba con ella al ir a asistir un parto eran pedazos de tela, alcohol y una tijera. Este  parto fue el 23 de julio de 1963, fue su segundo parto y su primer varón, hoy tiene cincuenta y un años.

Según ella, no tuvo necesidad de visitar el médico en los nueve meses del embarazo porque nunca tuvo malestar o dolor y aunque hubiese querido sus padres no lo hubiesen permitido. Catín no podía salir de la casa, ni siquiera al balcón o al patio  a causa de una gran siembra de batatas que tenían. Cuenta que sus padres le decían que esa siembra era muy fría y las mujeres embarazadas no podían exponerse a ese frio ya que podía causarle la muerte a ella y al bebé.

Como método de cuidado prenatal, no realizaba ninguna tarea fuerte, no lavaba ropa en el río y nunca planchaba. Solo realizaba tareas menores como fregar, barrer y cocinar. Tampoco tuvo necesidad de tomar medicamentos por ser una mujer muy saludable. (Realmente, nunca supo si los necesitó, porque nunca fue al médico). Cuando llegó el momento del parto, sus padres no le permitieron salir debido a las batatas y su esposo  tuvo que salir a buscar la comadrona al Barrio Frontón de Ciales donde residían en ese tiempo. La trajo en aproximadamente  30 minutos, transportándola en el automóvil de un vecino que lo llevó. Para esa época ya existían carreteras, lo que les ayudaba a avanzar.

Mientras llegaba la comadrona, Catín quedó en la casa asistida por su madre. Recuerda sentirse muy tranquila porque no era su primer parto y además estaba acompañada por doña Santa. Cuando sintió dolores fuertes, la mamá colocó sábanas blancas en el piso y la acostó. Allí rompió fuente y esperó hasta que llegara doña María. Al llegar, rápidamente parió, le cortaron el ombligo al bebé usando una tijera, luego lo bañaron y lo acostaron. Dice que no tuvieron forma de pesarlo ni de medirlo porque en la casa no tenían el equipo necesario. Pero eso no le preocupaba, la preocupación era que el nene estuviese bien y que naciera saludable. Terminado el proceso del parto,  fue levantada y ayudada a bañarse. Luego le dieron un  caldo de pollo, sopas  y una malta. Pero la malta nunca le gustó y no se la tomó.

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Como toda ama de casa, su trabajo se dividía entre la casa y las siembras en la finca, pero luego del parto no le permitían salir porque eso era “sagrado”. Tampoco le permitían lavarse el pelo por cuarenta días, ya que era posible que se le subiera la “pulga” (que perdiera la razón y se olvidara de su bebé).

Doña María, la comadrona no tenía un salario fijo por  su ayuda, se conformaba con recibir alimentos o algún animalito que se pudiera comer,  si alguna familia tenía dinero  se contentaba con que le dieran “alguito”. Una vez terminaba su trabajo, no le daba seguimiento ni a la madre, ni al bebé. Pero, antes de irse le dio a Catín varios consejos sobre el cuidado del recién nacido. Para ella lo más importante era el cuidado del ombligo, ya que pensaba que no lo podían mojar porque se pudría. Su recomendación era echarle yodo para que se secara rápido y se cayera y que lo lactara por un año completo.

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